sábado, 24 de abril de 2010

Ángel soñado ^//^

Este sencillo relato me ocurrió en el verano de mi vida, marcándome el resto de mi existencia; ya que nunca volví a ser el mismo.

Abrí lentamente los ojos. La ventana estaba entre abierta, por ella entraba una deliciosa brisa marina. Las sombras de las palmeras lucían entrelazadas con aquellas cortinas, de un color cielo inalcanzable para la vista.
Fue entonces cuando el sentimiento de pena me embaucó. Las lágrimas cayeron sobre las sábanas blancas. No sabía el porqué de tan amargo dolor. Sentí el corazón encoger con desasosiego. Las preguntas se acumulaban en mi interior. Cuando conseguí calmarme intente recordar el día anterior.
Fue un día ajetreado en la oficina. Tuve problemas con mi jefe como de costumbre; ya que nunca estoy de acuerdo en la forma que trata a sus empleados. Cuando salí de la oficina ya había anochecido. Esa noche no quería volver a casa, porque sabía que nadie me esperaba en mi sombrío y solitario apartamento.
Decidí coger el primer tren que pasase por la estación sin saber donde me llevaría.
Las figuras y luces pasaban reflejándose en el cristal, sin tiempo para reflexionar. Era lo bueno de viajar en tren; en el conseguía olvidar mi malestar, con tan sólo fijar la vista en un horizonte borroso.
Sin tiempo para desahogarme, en la megafonía anunciaban el final de tan amargo trayecto, pero a su vez desazogado.
Había llegado al pueblo costero donde pase parte de mi infancia. En aquellos días no era más que un crío de mejillas coloradas. Sin preocupaciones, ni problemas en los que pensar. Recuerdo que mi única preocupación era jugar y jugar a todas horas con los amigos.
Destellos fugaces de vagos recuerdos se sucedían en mi cabeza. No podía recordar ni los nombres, ni las caras de mis amigos de la infancia. Pero a ella si la recordaba. Sobre todo su sonrisa llena de vida.
Aquella niña de mis más queridos recuerdos, se llamaba Teresa. Siempre me seguía todas partes. Ella era más alta y delgada que yo, de cabellos rubios muy rizados, a modo de tirabuzones dorados. Cuando atardecía tenía que llevarla a su casa sobre mi espalda. Habíamos jugado hasta quedar exhaustos. Entre sollozos, solía susurrarme palabras en el oído, como: ‘¿estás cansado?’, ‘me gusta el calor que desprende tu espalda’, ‘no quiero llegar a casa aún’. Pero a pesar de sus dulces susurros, nunca supe cómo expresarle mis verdaderos sentimiento simpatía; la verdadera la razón de que nos parasemos a descansar, junto a la orilla de la playa, era mi única manera expresar lo que sentía por ella era muy especial. No me importaba llegar tarde, aunque nuestros padres nos volvieran a regañar; no quería separarme de Teresa.
Me dije a mi mismo con voz cabizbaja: - ¡Si pudiese recuperar aquellos días... de sueños y esperanzas!
Mientras soñaba despierto, allí tumbado sobre una alfombra de flores. Me pregunté porque no podía quitarme de la cabeza aquellos sentimientos nostálgicos de Tessa y mi infancia; ambas, ya tan lejanas. ¿Sería por este campo de flores? Ya que era tan bello como en el que solíamos jugar. ¿O tal vez era el aroma de las flores? Me encontraba mecido por la refrescante brisa marina y envuelto por la oscuridad de una noche solitaria de verano? Pero al mismo tiempo eres muy bello contemplar un cielo tan puro, llenos de bañado por gotas de luz, recorriendo todo el horizonte y hasta donde mi marchita mirada me dejaba contemplar.
Cuando empezaba a encontrarme en paz con este mundo. Escuché una dulce melodía que parecía provenir del mundo de los sueños. Cuando la canción llego a su fin, el conjuro que sosegaba mi alma cesó, permitiéndome incorporarme para mirar a quien pertenecía una voz tal angelical; siendo deslumbrado por un rayo de luz cegador. Tras unos segundos de aturdimiento, sin poder ver, ni decir nada; puede escucha la voz de una joven dirigiéndose a mí: - Disculpe. ¿Se encuentra bien?
No daba crédito a mis sentidos… Tembloroso deje escapar estas palabras:
-¿Ha aparecido un ángel?
Empecé a distinguir una silueta femenina tras los focos de un vehículo. Esta se acercaba desprendiendo una cálida sonrisa. Era una joven chica que irradiaba una deslumbrante belleza. De piel clara como el mármol más pálido, unos ojos tan profundos, pero a la vez, cristalinos como si de cálidos lagos se tratasen; y unos cabellos dorados largos, hasta la cintura.
Ella puso la mano derecha sobre mi frente, diciendo:
- Tienes la cara roja. Debes de haberte resfriado por dormir a la intemperie.
Era cierto, en ese momento pensé, que me desmallaría de un momento a otro. El corazón me latía sin control, la cara me ardía y las piernas me temblaban. Conclusión: sólo podía ser el alma intentando escapar de mi cuerpo.
Al recuperar el juicio, una escena familiar hizo que la nostalgia volviera a mí. Sentía un calor envolvente. Me sentía seguro después de mucho tiempo. Mis oídos eran acariciados una vez más por la voz de aquella joven. Ella cantaba una canción llena de ternura y esperanza. A pesar de encontrarme mejor, fingí no estarlo, para seguir escuchando su tranquilizadora canción.
Pensé que podría estar enamorándome. Nunca antes había estado tan cerca del corazón de una mujer. ¿Qué clase de magia usaba esta chica? Que era capaz de derretir los témpanos, que mantenían aprisionando, un corazón perdido en la oscuridad.



To be continue...

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